Termina el fin de semana, que da comienzo a una pausa laboral antes del 1 de mayo, día internacional del trabajo. Un fin de semana diferente, principalmente por la lluvia, que ha obligado a cambiar los planes que tenía para la visita especial de estos días. Planes que con suerte, y si el tiempo acompaña, reanudaremos mañana por la tarde.
Pero no quería hablar de esto hoy, no únicamente al menos. Me voy a dormir con la lectura de un artículo que apareció en El País Semanal de hace una semanas, una lectura fortuita, de esas que te encuentras en el cuarto de baño por casualidad mientras… te cepillas los dientes. Habla de una psicóloga y socióloga estadounidense, profesora del MIT, que está haciendo campaña en contra de nuestra conexión y dependencia a los terminales móviles que nos permiten estar conectados a la red a todas horas y en cualquier lugar. Lo curioso del asunto es que Sherry Turkle, que así se llama la mujer, tenía hace 15 años otra visión bien distinta del tema: vio con admiración como se abrían grandes posibilidades de nuevas relaciones en nuestro entorno con la aparición de los primeros elementos de comunicación de la era internet como fueron los chats o las primeras comunidades virtuales. Ahora reconoce que se equivocó y que todas esas maravillas que vio entonces, se han tornado en otra cosa bien distinta.
Ha publicado el libro “Solos en compañía” en el que relata el problema de estar a todas horas pegados a una pantalla, 24 horas disponible, interrumpir otras actividades por la recepción de un email, mensaje o llamada telefónica. Habla de la falta de relación real en nuestra sociedad, especialmente entre los adolescentes, a quienes les cuesta comunicarse con sus semejantes si no es a través de las redes sociales o los mensajes móviles.
Achaca estos males a la incapacidad de permanecer solos, de estar en soledad sin comunicarnos con alguien a la vez que recalca la importancia de esos momentos de soledad como fuente de reflexión, de concentración, de conocerse a uno mismo…
Y la verdad que a grandes rasgos, no puedo estar más en acuerdo con ella. Cada uno de los problemas que narra como argumento de su libro, lo he vivido en persona: amigos que pasan de estar charlando contigo a dejar de escucharte por contestar un mensaje del móvil; gente que vive más para las redes sociales que para el mismo: si no lo publica a los cuatro vientos, no lo disfruta; compañeros de trabajo que parece no tengan más vida que la meramente profesional… Y todo esto que aseguro han hecho otras personas, creo haberlo hecho yo mismo en alguna u otra ocasión.
Los dispositivos electrónicos cada vez nos comen más tiempo del día a día y la posibilidad de tener internet en ellos hace que estemos disponibles todos y cada uno de los minutos del día. Y de no estarlo, puede ser una situación preocupante… ¿Qué se hacía antes de los móviles? Pues la vida existía igualmente, había otro modelo de comunicación que no se debería de perder del todo y otros quehaceres igualmente entretenidos. Los correos podían esperar a que se entrara por la puerta del trabajo a la mañana siguiente y las vacaciones se contaban en el bar o en casa de uno de cena. Por suerte, y aunque en menor medida, esto se sigue haciendo y no se ha perdido del todo. No dejemos que suceda.
Y ahora que me doy cuenta, el portátil me ha seguido hasta la cama: portátil malo, eso no se hace! Buenas noches

























