Macro Ojo

 

El sábado nos lanzamos a por el primer tres mil del nuevo curso: el pico del Caballo. Se trata del 3000 más occidental de todo Siera Nevada (y de toda la península ibérica si no me confundo). Cómo nos suele pasar, el grupo que en principio iba a estar formado por apenas 5 personas, se fue haciendo grande hasta llegar a 11 integrantes que el sábado por la mañana nos tiramos dispuestos a encumbrar el susodicho pico y quizá pisar las primeras nieves de la temporada después de la nevada que cayó a finales de septiembre que dejó la sierra blanca (aunque ya apenas queda nada).

El punto de encuentro era la localidad de Nigüelas, cuyo nombre, según nos cuentan por el camino, es motivo de chiste relativos a olores. La gran duda del día era si podrían nuestros coches subir por la pista que da acceso al punto de partida que teníamos previsto, a unos 2000m (Nigüelas está a unos 900m). Tras varios derrapajes, empujones y segundos intentos, pasamos los tres coches lo que posiblemente sea el peor tramo, nada más comenzar la pista que sale del otro lado del pueblo y del río. Sin embargo, y todavía no se muy bien por qué, no hacemos más que 4km de pista en lugar de los 14 que teniamos previstos. Cierto es que el camino no estaba para tirar cohetes, pero después de lo pasado, era complicado que el camino estuviera peor (y de hecho, no lo estaba). Pero fuera como fuese, nos quedamos a 1200m escasos y nos pusimos en marcha: la jornada se planteaba dura.

Una foto de lo lejos que se veía todavía el pico en la distancia, y ya llevabamos algo de tiempo andando:

Pico del Caballo en la distancia

Caballo en la distancia

Después de casi 10 km de pista que no para de subir, llegamos a unos cortijos, muchos en ruinas, donde hacemos un alto para comer el almuerzo y coger fuerzas para afrontar el pico. Estamos a 2000m, el punto donde deberiamos haber dejado los coches y ya es la 1 del medio día. Desde aquí calculamos que nos quedan aproximadamente 3 horas de ascenso. Antes de partir, cogemos agua de una fuente próxima a los dos primeros cortijos (no sé si será fuente fría)

De los cortijos seguimos la pista un tramo más hasta un mirador desde el cual, dejando la pista, que sigue, cogemos un sendero a mano izquierda que nos llevará hasta el pico del Caballo directamente. Comienza con una fuerte pendiente para ascender a lo alto de la loma, sobre la que iremos todo el camino. De todos los nombres que he visto por las páginas que he consultado durante la semana, creo recordar que esta loma es denominada “de los 3 mojones” por sus tres salientes picudos que tiene antes de llegar al Caballo. Más despacio que rápido, vamos haciendo camino, empezando a notarse el cansancio en parte del grupo. Aún así, en 2:30 llegan los primeros y a las 4 ya estamos todos comiendo nuestros bocadillos y una divina tortilla que si ya está buena de por sí, en la montaña sabe a gloria.

Por la hora que es, ya se avecina que se nos va a hacer tarde y seguramente de noche. Comenzamos el descenso por el mismo sitio por el que vinimos y parando en tan solo un par de ocasiones para reagruparnos y coger agua. Los 10km de pista para llegar de nuevo a los coches se hacen interminables y en cada curva todos queremos encontrar los coches en la distancia. Sin embargo el sol va bajando y al final tenemos que encender los frontales. Ya con la noche cerrada, cogemos los vehículos y bajamos al pueblo a tomarnos una merecida cerveza con su correspondiente tapa.

El día finalmente ha resultado una buena paliza, con más de 10 horas de marcha (contando paradas) y 1800m de desnivel superados. Las agujetas están en la cabeza de todos y parece imposible librarse de ellas.

Aquí dejo el track de la jornada:

 

Día tras día va pasando despacio pero firme y abrasador el verano.  Ayer terminó el Tour como quien dice, y mañana empieza la Vuelta. Sin darme cuenta estamos prácticamente en el mes de agosto, mes por excelencia de las vacaciones españolas. Y aunque soy reacio a sumarme a las grandes masas, es cierto que si se quiere coincidir con las vacaciones de otra gente, a veces no queda más remedio que dar el brazo a torcer y aceptar pasar unos días de desconexión del trabajo junto con otras tantas personas. Pero no hay que ser pesimista, sólo precavido y saber evitar esas playas abarrotadas, esas rutas de montaña atestadas o esos monumentos de colas infinitas. Eso, y tener un lugar donde poder paliar el calor que acecha desde el mediodía y hasta bien entrada la tarde. El destino también es de gran importancia, siendo el norte bastante propicio en esta época pues todavía guarda algo del verde acumulado durante el año, aún a riesgo de sufrir un chaparrón repentino cuando uno menos se lo espera.

Verano en cualquier playa española

Pero ya estoy vendiendo la piel del oso antes de cazarlo: para eso todavía queda un pelín. Mientras por el sur el calor no perdona y aunque ayer cayeron tres gotas contadas, no dieron ni para refrescar el ambiente. La gente ya ha partido, o piensa en hacerlo; algunos temporalmente, otros indefinidamente y por aquí quedamos los de siempre. Pocos, pero buenos. Y hacemos lo que podemos para evitar el aburrimiento que se empieza a respirar en las calles: paseos, cenas, vinos, cine de verano aquí y allá e incluso tardes de timba de pocha como afición naciente. Todo con tal de no quedarse en casa sentado. Y es que el Sol todo lo puedo: primero echa a los estudiantes a sus casas allá por finales de junio. Los más valientes aguantan hasta principios de julio, pero esos son pocos. Luego le toca a la gente de calle: abuelos y niños que son desplazados a las casas de playa junto con padre y/o madre según corresponda, dejando las calles medio vacías. Los coches quedan diezmados y las plazas de aparcamiento brotan como setas… alguna ventaja tenía que tener. Y por fin, con la llegada de agosto, hasta las tiendas y bares sucumben: “Cerrado por vacaciones” o “Volvemos en septiembre” son los carteles que empiezan a asomar a las puertas y cierres de comercios. Y ante este plantel, ¿qué otra cosa se puede hacer que retirarse a otros lares? Por eso tengo la cabeza ya pensando en viajes, piscinas, mares y verde.

Y como a toda situación hay que sacarle el mejor partido, ante la falta de otras distracciones o la imposibilidad de realizar otras actividades durante la mayor parte de horas de sol, aprovecho para avanzar en un proyecto personal que lleva un año madurando y que parece que por fin está a punto de caerse del árbol: Arte Oculto. Ya contaré más sobre esta plataforma cultural más adelante, cuando esté lista. Mientras pasaré el mes de agosto, descansando, trabajando, bañándome, caminando, corriendo, viajando, de boda, disfrutando de las distintas compañías… en fin, pasándolo lo mejor posible en cada momento.

Para la vuelta dejo pendiente la serie de entradas que tengo pensado dedicar a los objetos cotidianos que todos usamos a diario (cada uno los suyos) que nos son extremadamente útiles, pero que no lo apreciamos como deben… hasta que faltan. Y escribir algo más sobre los viajes. Propósitos para después de las vacaciones, y eso que todavía no han empezado

 

Este post puede ser un poco negativo, pero así es como son las cosas. Y es que los años pasan y uno se da cuenta que la carrocería va sufriendo rozones y el motor y las distintas partes del cuerpo van sufriendo los achaques. El tema de la carrocería es más llevadero, hablando desde mi punto de vista: una cicatriz aquí, una arruga allá, unas primeras canas… son cosas a las que no presto importancia. Quizá en unos años cambie cuando esto sea más evidente, pero por el momento no hay problema.

El problema viene a raíz del motor y de los distintos engranajes que van fallando y aunque se reparan, ya no quedan como nuevos. Y cuánto más tiempo pasa, más probabilidad hay de que esto suceda. Y no es que yo sea muy propenso a las lesiones en general, pero últimamente he tenido que luchar contra mi rodilla y últimamente contra mi hombro. Ya sea por exceso de funcionamiento, por malas posturas frente a la pantalla que todo el día me atrapa o por golpes inesperados, la cosa es que suceden y hay que capearlas de la mejor manera posible.

Un médico inepto por aquí, una radiografía por allá o los masajes de un fisio son las opciones, pero finalmente es el tiempo el que todo lo pone en su lugar y con un poco de cuidado y el tiempo adecuado, al final casi siempre se vuelve al estado inicial, aunque como indicaba arriba, dejando esa pequeña sensación, esa pequeña molestia, ese ligero pinchazo de vez en cuando que nos quiere decir “ojo, aviso, que yo ya he pasado por el taller una vez…”

Si se deja el coche en el garaje y se saca tres veces al año para lucirlo, lógicamente, aparecerá como nuevo, al menos al principio: no sufrirá de estos problemas y posiblemente ni tenga rozones en la carrocería. Pero con el tiempo corre el peligro de que al ir a sacarlo de paseo un domingo, directamente no arranque. En algunas ocasiones se puede limpiar el motor de todo el polvo acumulado a lo largo de los años y volver a hacerlo andar, pero en otras, no tendrá solución.

De manera que si la solución al problema pasa por estarse quieto en casa, no salir a correr, ni a montar en bici, esquiar con miles de precauciones, no pisar la montaña… en definitiva, dejar el coche en el garaje, no, eso no es para mí.

Prefiero quemarlo en el camino.

 

Esto ya pasó hace tiempo… o al menos empezó hace tiempo. En concreto, el 23 de abril, día de Castilla León (y otras regiones de España), de San Jorge y día del libro. La no tan castellana tradición de regalar un libro y una rosa, se trasladó hasta casa y para la hora del desayuno tenía sobre la mesa ambos regalos:

Flor y Libro: Nacidos para correr

Flor y Libro

A falta de rosas, buenas son flores de papel. En cuanto al libro, Nacidos para correr, tenía buena pinta y por ser un regalo, lo empecé el mismo día. He de reconocer que al principio me pareció un poco difuso: no sabía muy bien de qué trataba y las primeras páginas tampoco ayudaban demasiado a averiguarlo. El autor, Christopher McDougall, es un periodista que ha trabajado para distintos medios deportivos como revistas y secciones de periódicos, en general relacionado con deportes duros.  Finalmente resultó tratar de una experiencia personal del autor en su busca de Caballo Blanco entre una desconocida tribu de corredores innatos, los tarahumaras. Cuando lo encuentra, entre unas cosas y otras, se ve inmerso en la organización de una carrera por las barrancas donde dicha tribu habita tras años de escapar de sus distintos agresores, y el libro trata entre muchísimas anécdotas, de la organización y realización de dicha carrera.

Pero además todo el libro es una llamada hacia correr de manera más natural, dejando de lado tantas tonterías a las que nos hemos acostumbrado en el mundo moderno y que más por marketing e intereses de las grandes empresas de material deportivo, utilizamos a diario. Como ejemplo dan datos de cómo por mucho que se han mejorado las zapatillas en los últimos años las lesiones no se han reducido, lo que da que pensar que dichas zapatillas no sean tan buenas como nos las pintan. Los tarahumara por ejemplo, que no se lesionan nunca, corren sobre sus sandalias de cuero atadas al pie.

La carrera que se organiza, al igual que todas las que se mencionan en el libro, son de burradas de kilómetros (además expresadas en millas) donde las maratones caen sin ningún problema. Por si esto fuera poco, no corren por las ciudades como las miles de carreras populares que hay: se trata de ultra maratones de montaña de 50 y 100 millas (sí, 2 y 4 maratones aprox. respectivamente) con subidas y bajadas entre la naturaleza.

Pues da la casualidad de que yo tiendo a creerme este tipo de cosas por no hablar de que donde esté una buena carrera por el campo o monte, que se quite el asfalto, por supuesto. Siempre he sido anti-tonterías (en mi justa medida) en cuanto a equipaciones y tecnicismos, así que el libro, entre unas cosas y otras, me sentó como una dosis de cualquier sustancia adictiva y placentera. Y claro, como consecuencia final, me calcé mis zapatillas y salí a correr al monte después de 2 años sin haber corrido apenas nada.

Pues he aquí el primer empujón. Que no venía sólo… no sabría decir cual fue primero o cual después, aunque el libro lo tenía primero, la visita de mi hermano poco después supuso el golpe definitivo.

Disfrutando de la montaña

Disfrutando de la montaña

Aprovechando un macropuente se vino para Granada y a pesar de que estuvo lloviendo la mayoría de los días, tuvimos uno de sol en el que nos fuimos a darnos una caminata por la Vereda de la Estrella. 5 horas de ida, bocata al sol rodeados de Mulhacen y Alcazaba nevados y… 2 horas y media de vuelta! Además de que la vuelta es bajada, el cabrito de mi hermano le dio por echar a correr por el camino mientras bajábamos. Iluso de mi le seguía de cerca pensando que a ese ritmo no podría durar mucho tiempo pues nunca ha sido él mucho de correr. Pero estando en forma, da igual que practiques la carrera o no, estás fuerte y eso es todo… y él estaba muy fuerte! Seguía y seguía sin parar y cuando lo hacía, apenas eran unos metros para acto seguido emprender de nuevo la carrera. Finalmente no pude más y tuve que dejarle escapar y seguir a mi ritmo si no quería agotarme definitivamente. Él no fue muy lejos, pues me esperaba cada poco, pero me sentó como un aguijonazo en el culo: yo que siempre he sido más o menos bueno en esto de correr, dejado atrás de aquella manera… Tenía que poner remedio a esa situación, y ahí está el segundo empujón.

No sé de donde salió la idea de correr a la vuelta, pero encajaba perfectamente con la idea del libro que mi hermano no estaba leyendo (aunque podría parecer que sí). Quizá lo habíamos hablado en algún momento, quizá fue un grupo de corredores que nos cruzamos a la ida… quien sabe. El caso es que llegamos al coche en mucho menos tiempo del que esperábamos… y el doble de cansados claro está.

Y ahora, después de dos años sin calzarme las zapatillas de correr como ya he dicho, vuelvo a darme mis carreritas, a ritmo suave pues no quiero volver a lesionarme de entrada, pero disfrutando de ellas y esperando no tener que volver a la inactividad atlética. Gracias Cristina, gracias Miguel!

 

Este fin de semana (el anterior quiero decir) he conseguido engañar a otras 8 personas (y un perro) para que se vengan conmigo a un pedregal sin un árbol, con poca agua, con muchas cuestas, sol quemador por el día y frío por la noche ¿Locos? No, querían darse un paseo por Sierra Nevada y de paso subir la cumbre de la península, el Mulhacen.

Cabra y Mulhacen

Como cabras al Mulhacen

Tres de nosotros quedamos el viernes, como avanzadilla para ir inspeccionando el terreno, mientras el resto vendría al día siguiente a subir el Mulhacen directamente. Aunque la idea era comenzar a andar a las 6 de la tarde (7 como muy tarde), entre unas cosas y otras los foráneos no llegaron a recogerme a Granada hasta las 19:45 y no comenzamos a andar desde la Hoya de la Mora hasta las 20:45. A esas horas ya poca luz nos quedaba aunque eso sí, tuvimos unas vistas del atardecer preciosas.

Con el peso de las mochilas y la oscuridad que reinaba, fuimos capaces de saltarnos el desvío para la Carigüela y tirar para arriba hacia el Veleta, hasta que ya nos vimos muy arriba y tuvimos que recular, junto con otros dos sevillanos a los que les había pasado lo mismo. Ya en el buen camino, paramos a la puerta del refugio a comer un bocata de lomo para recobrar el aliento de la subida y decidir si pasar la noche ahí o seguir adelante a pesar de ser noche cerrada. Triunfa la idea de caminar a la luz de las estrellas… y la luna que todavía no quiere asomar. La temperatura ha descendido bastante y a estas alturas está rondando los 0º pues algún charco de agua formado por los neveros está comenzando a helarse. El nevero que nos saluda al pasar a la otra cara del Veleta también está duro, pero con mucha huella y son apenas unos metros. Del paso de los guías ni hablamos. Seguimos por la pista, entre charcos del deshielo y piedras traicioneras que se interponen en el camino.

Las 12, la 1… y seguimos andando. Un alto en el camino para echar un trago de agua y observar el espectacular cielo que se aprecia sin apenas contaminación lumínica. La luna sigue sin aparecer y eso favorece que se vean infinitas estrellas. Llegamos a Loma Pelá y al bordearla nos encontramos, ahora sí, a la luz de la Luna el refugio que de momento llamaremos “sin nombre”, pues no hay ningún cartel que lo indique, ni su altitud tampoco. Son las 2 de la madrugada, no hay nadie en el refugio y lo encontramos perfecto para pasar la noche. Apenas comemos algo y nos vamos a dormir rendidos.

Mientras el resto del grupo llega la mañana del sábado al refugio de la Caldera (punto de encuentro), nosotros tenemos pensado bajar a la Laguna de la Mosca, subir hasta Siete Lagunas, hacer la Alcazaba y regresar, sin saber todavía muy bien como, hasta el refugio de la Caldera. Dejo atrás la tienda de campaña que me hacía la vida imposible con sus casi 5kg de peso, si más tarde hace falta, ya iremos a por ella ya que tan solo 20 minutos separan ambos refugios. El resto de material (sacos, esterillas y comida de más) lo dejamos en el refugio de la caldera y nos lanzamos hacia el Collado del Ciervo con un par de mochilas mucho más ligeras.

Alcazaba y Laguna de la Mosca

Alcazaba y Laguna de la Mosca

Cara Norte del Mulhacen

Cara Norte del Mulhacen

Descendemos rápidamente a la laguna y nos dirigimos al canuto que no tiene muy buena pinta desde la lejanía, pero nos acercamos para echarle un vistazo más detallado…

Entrada al Canuto hacia 7 Lagunas

Entrada al Canuto hacia 7 Lagunas

… para descubrir que aunque por la parte derecha está cubierto de nieve dura, por la izquierda está despejado. Esperamos a que baje un grupo de 5 personas que nos advierten de lo suelto del terreno, que comprobamos al poco. Hay que ir con ojo de dónde se pone el pie, sobretodo por la seguridad de los compañeros de abajo. Por la parte izquierda vamos esquivando siempre la nieve y en pocos minutos ganamos bastante altura. Dejamos la nieve atrás y ya solo nos queda la última cuesta, no por ello menos inclinada, hasta el collado.

Alcazaba y Laguna de la Mosca

Vista a mitad de subida

Dejando atrás la nieve

Dejando atrás la nieve

Una vez arriba una paradita para observar 7 lagunas, echar un trago de agua y pensarse el siguiente paso. Después del esfuerzo de esta última subida mis dos compañeros no parecen muy decididos a llegar a la Alcazaba y son más de caminar entre las lagunas y pararse en el tentador verde a comer el bocadillo y a echar una cabezada. Así quedamos, yo quiero subir y me voy sin mochila (me toca librarme de ella pues solo llevamos dos), con un bastón y una barrita en el bolsillo y una camiseta de manga larga a la cintura, por si corriera viento. Intento no perder ni un centímetro de altura bordeando el semi-circo de las lagunas, aunque ello me ocasiona darme la vuelta en un par de ocasiones por llegar a sitios con demasiada altura.
Voy a buen ritmo, casi corriendo, saltando de piedra en piedra pues no hay camino. Al llegar al colaero he conseguido mi objetivo y estoy bastante alto ya. Termino la subida para descubrir que para la Alcazaba todavía queda un trecho, primero algo de bajada y luego la subida final, no tan inclinada como la del colaero. Voy esquivando en la medida de lo posible la nieve que queda y llego arriba, un poco confundido pues me esperaba un punto geodésico como el del Mulhacen o el Veleta, pero sólo hay un mojón de piedras… ¿es esto la Alcazaba? Lo corroboro con una pareja de alicantinos que también andan por la cima. Intercambiamos fotos (necesitaba la prueba de que había llegado arriba) y rápidamente me voy para abajo, por un camino distinto que me llevará hasta la laguna hondera, la última de las siete, donde he quedado para comer el bocadillo.

Yo en la Alcazaba

Yo en la Alcazaba

De prisa que me he dado por no llegar tarde, y de tranquilos que habrán ido ellos confiados en que yo tardaría más, llego a la laguna y ellos todavía no están. Me quito las botas dispuesto a echarme la siesta del carnero, pero algo no me deja dormirme y decido ir a buscarlos por si las moscas. Me los encuentro a escasos minutos y regresamos a comer sobre el cesped. Rico bocadillo de jamón y cecina y galletas de chocolate para reponer energías de postre. Media hora de descanso con los ojos cerrados y de vuelta al refugio que todavía nos queda. Comenzamos muy a nuestro pesar con la cuesta del resuello y loma arriba arriba hasta prácticamente llegar al Mulhacen que decidimos “no tocar” hasta el día siguiente con el resto del grupo. Casi 2 horas nos lleva llegar hasta la Caldera, donde ya está el resto que han realizado nuestro camino de la noche anterior durante la mañana:

Haciendo el cabra

Haciendo el cabra

Paso de los guias

Paso de los guias

Caminantes en el camino

Caminantes en el camino

Mientras nosotros descansamos, ellos, que se han quedado con ganas de más y la tarde es larga, se bajan a la laguna de la mosca. En tanto allí va llegando gente sin parecer que les importe que en el refugio ya estamos metidos unos cuántos de más. Nadie hace amago ni de poner tienda, ni de ir a algún otro sitio y la noche promete ser mala con tanta gente así que mientras llegan los del paseo de la tarde nos acercamos al refugio de la noche anterior para comprobar que sigue tan vacío como cuando lo dejamos. Sin pensárnoslo demasiado, cogemos los bártulos y ponemos rumbo para allá. Nos supondrá 20 minutos más mañana, pero vamos a estar mucho más a gusto.
Cenamos opíparamente como si de la última cena se tratara…

Anochecer en el refugio

Anochecer en el refugio

Última cena... antes del Mulhacen

Última cena... antes del Mulhacen

… y nos acostamos para dormir allí los 9.

Sin prisas nos levantamos, desayunamos y nos vamos para la cima de la península a la que llegamos en una soleada mañana. Disfrutamos de las vistas durante casi una hora

Cima del Mulhacen

Cima del Mulhacen

¿Disfrutando? del paisaje

¿Disfrutando? del paisaje

La mascota del equipo

La mascota del equipo

Alegría! Objetivo conseguido

Alegría! Objetivo conseguido

Y nos volvemos para abajo, almorzamos en el refugio y camino de vuelta por donde habíamos venido, para llegar a los coches bastante cansados. Refresco en uno de los bares y camino para casa, unos nos quedamos en Granada y a otros les toca conducir hasta Madrid, suerte!

Así culminamos un buen fin de semana por encima de los 3000 metros casi todo el tiempo. ¡Habría que repetirlo más a menudo!

PD: gracias a los fotógrafos por los documentos gráficos ;)

 

Termina el fin de semana, que da comienzo a una pausa laboral antes del 1 de mayo, día internacional del trabajo. Un fin de semana diferente, principalmente por la lluvia, que ha obligado a cambiar los planes que tenía para la visita especial de estos días. Planes que con suerte, y si el tiempo acompaña, reanudaremos mañana por la tarde.

Pero no quería hablar de esto hoy, no únicamente al menos. Me voy a dormir con la lectura de un artículo que apareció en El País Semanal de hace una semanas, una lectura fortuita, de esas que te encuentras en el cuarto de baño por casualidad mientras… te cepillas los dientes. Habla de una psicóloga y socióloga estadounidense, profesora del MIT, que está haciendo campaña en contra de nuestra conexión y dependencia a los terminales móviles que nos permiten estar conectados a la red a todas horas y en cualquier lugar. Lo curioso del asunto es que Sherry Turkle, que así se llama la mujer, tenía hace 15 años otra visión bien distinta del tema: vio con admiración como se abrían grandes posibilidades de nuevas relaciones en nuestro entorno con la aparición de los primeros elementos de comunicación de la era internet como fueron los chats o las primeras comunidades virtuales. Ahora reconoce que se equivocó y que todas esas maravillas que vio entonces, se han tornado en otra cosa bien distinta.
Ha publicado el libro “Solos en compañía” en el que relata el problema de estar a todas horas pegados a una pantalla, 24 horas disponible, interrumpir otras actividades por la recepción de un email, mensaje o llamada telefónica. Habla de la falta de relación real en nuestra sociedad, especialmente entre los adolescentes, a quienes les cuesta comunicarse con sus semejantes si no es a través de las redes sociales o los mensajes móviles.
Achaca estos males a la incapacidad de permanecer solos, de estar en soledad sin comunicarnos con alguien a la vez que recalca la importancia de esos momentos de soledad como fuente de reflexión, de concentración, de conocerse a uno mismo…

Y la verdad que a grandes rasgos, no puedo estar más en acuerdo con ella. Cada uno de los problemas que narra como argumento de su libro, lo he vivido en persona: amigos que pasan de estar charlando contigo a dejar de escucharte por contestar un mensaje del móvil; gente que vive más para las redes sociales que para el mismo: si no lo publica a los cuatro vientos, no lo disfruta; compañeros de trabajo que parece no tengan más vida que la meramente profesional… Y todo esto que aseguro han hecho otras personas, creo haberlo hecho yo mismo en alguna u otra ocasión.

Los dispositivos electrónicos cada vez nos comen más tiempo del día a día y la posibilidad de tener internet en ellos hace que estemos disponibles todos y cada uno de los minutos del día. Y de no estarlo, puede ser una situación preocupante… ¿Qué se hacía antes de los móviles? Pues la vida existía igualmente, había otro modelo de comunicación que no se debería de perder del todo y otros quehaceres igualmente entretenidos. Los correos podían esperar a que se entrara por la puerta del trabajo a la mañana siguiente y las vacaciones se contaban en el bar o en casa de uno de cena. Por suerte, y aunque en menor medida, esto se sigue haciendo y no se ha perdido del todo. No dejemos que suceda.

Y ahora que me doy cuenta, el portátil me ha seguido hasta la cama: portátil malo, eso no se hace! Buenas noches

 

Este fin de semana he visto la película de 127 horas que quise ver en su momento, pero como otras muchas, fue retirada de la cartelera antes de tener la ocasión de disfrutarla en la gran pantalla. Ya sabía de qué iba un poco y sobre todo sabía una cosa muy importante de la película (NOTA: si no has visto la película  y no quieres saber más, quizá debas de dejar de leer en este punto, avisado quedas!). No me gusta enterarme de qué van las películas y menos aún como van a terminar, pero hay veces que es imposible no enterarse por los comentarios de la gente (¿cuánta gente fue a ver el Sexto Sentido sabiendo Bruce Willis estaba muerto?).

Pues la película va de un chaval que se marcha un día a hacer barranquismo por los solitarios cañones de Utah, en Estado Unidos, el solito y sin decir a nadie a dónde iba, con tan mala suerte que una piedra se le cayó encima dejándole un brazo completamente atrapado contra una de las paredes del cañón. Tras cinco o seis días allí atrapado y viendo que nadie iba a venir a sacarle de esa, tuvo que tomar la drástica decisión de auto-amputarse el brazo para poder salir de allí. Y esto último es lo que sabía: el tío se tiene que auto cortar el brazo!

La película en sí está bien, aunque tampoco sería un peliculón de no ser por la historia que tiene detrás… y es que está basada en una historia real. Sí, alguien tuvo que hacer eso: coger una navaja de los chinos que apenas cortaba y cortar su propio brazo para poder sobrevivir. Y a mi esa historia me ha parecido increíble. Nunca me he visto en situación ni parecida por supuesto, y toco madera para no verme, pero intentando ponerme en su piel, dudo mucho que yo hubiera sido capaz de hacer algo similar, aunque eso hubiera supuesto quedarme descansando por el resto de la eternidad bajo esa piedra.

He buscado un poco sobre la historia real y para ver quien era ese tío capaz de hacer lo que hizo: Aron Ralston se llama el chaval en cuestión, nacido en 1975 y con 27 años cuando se quedó atrapado en el 2003. Hay imágenes suyas por ahí, incluso vídeos que se hizo durante sus seis días de cautiverio con el brazo atrapado. También hay un documental de la NBC contando la historia con el propio Aron acudiendo al lugar de los hechos. Y por supuesto, la película de 127 horas de la que empecé hablando. Sorprende lo parecido del actor y del rodaje con la realidad: está rodada en el mismo sitio y cuentan lo que sucedió tal cual, con los mismos artilugios que llevaba él en el momento del accidente, conservando hasta las marcas. Aquí un vídeo real que se hizo él:

Después de ver todo este material, no puedo dejar de sorprenderme de hasta dónde puede llegar el aguante del cuerpo humano cuando se le pone a prueba. No creo que nadie sea capaz de romperse dos huesos del brazo antes de coger una navaja que apenas corta y ponerse manos a la obra para quitarse parte del brazo si no sabe que es la única alternativa para seguir viviendo. ¿Qué cambios se producen en el cuerpo para poder aguantar todo eso sin ni siquiera un simple desmayo? Y no sólo eso: una vez liberado, y con un sólo brazo, tuvo que salir del cañón, cargando con todo el material necesario y haciendo un rapel final.

Ahora vive de ello: se dedica a dar charlas de motivación. Además tampoco ha dejado de practicar los deportes que le gustan, en la medida de lo posible claro, pero desde luego no se le da nada mal.

Este caso es extremadamente llamativo, pero seguramente haya habido otros cuántos no documentados en ningún lugar, u otros que sin ser tan espectaculares hayan implicado un aguante y valor similares para poder sobrevivir (sin ir más lejos, los exploradores polares de los que he hablado por ahí). Para todos ellos, mi más sincera admiración!

 

Hoy hace 100 años exáctamente que murió el capitán Scott. Durante su agónico regreso del Polo, una serie de circunstancias que podrían calificarse como mala o muy mala suerte, les llevaron a una situación crítica en la que se vieron sin comida ni combustible con el que calentarse y en consecuencia a la muerte por congelación que sufrieron los cinco miembros de la expedición polar.

Hace unos meses se cumplió el centenario de la llegada de la primera expedición al Polo Sur, encabezada por Admunsen y de bandera Noruega. Algo más de un més después, el 17 de enero de 1912 llegaría la segunda, la de Scott y sus cuatro valientes acompañantes… y algo más de dos meses después fallecerían todos los miembros de la misma. Este post es un pequeño homenaje a aquellos valientes expedicionarios.

Y no puedo menos después de las 900 páginas que me he chupado del libro “El peor viaje del mundo“. De hecho he estado a punto de titular el post “Y por fin murió Scott”, pero no hubiera sonado muy políticamente correcto. Y no es que el libro me haya aburrido, ni mucho menos, pero aún así, 900 páginas son demasiadas hasta para narrar una de las expediciones más intrépidas de la historia. En cualquier caso, hoy es el día límite que me había puesto para terminar el libro, y aunque un poco obligado esta última semana, así lo he hecho.

Rutas de las expediciones noruega y británica hacia el Polo Sur

En ningún momento puedo dejar de sorprenderme de las tremendas hazañas que hicieron: el simple hecho de salir a andar arrastrando un trineo por la superficie de la barrera de la Antártida es una locura, pero hacerlo durante cuatro meses seguidos y hace cien años… no tiene calificativos. Y a punto estuvieron de lograr todo un triunfo. Sin embargo, y a pesar de llegar a su meta, no consiguieron volver, que fue el mayor fracaso para ellos mismos. Cinco fueron los ingleses que atacaron el Polo tras ser acompañados por otros compañeros hasta más allá del glacier Beardmore. No tuvieron demasiados problemas en llegar a su destino: el tiempo acompañó y recorrían distancias sin problemas. Pero se llevaron una gran decepción cuando al llegar se encontraron la bandera noruega plantada en el suelo junto con otros bártulos que dejaron por allí abandonados. No sé si esto fue el comienzo de la decadencia dejándoles algo tocados o si fue puro cansancio y agotamiento, pero desde ese punto comenzaron los problemas. Las distancias se les empezaron a hacer largas, las raciones de comida escasas y las temperaturas demasiado frías. El primero en sucumbir fue Evans, el que supuestamente era el más fuerte de los cinco… pero también el más grande, y la comida no se repartía por peso, sino equitativamente entre todos. Se apunta como posible causa de su paulatino empeoramiento y posterior muerte antes de cruzar de vuelta el glaciar Beardmore.

Si antes tenía mis dudas, ahora estoy casi seguro que este hecho si que les hizo mella en la cabeza y que comenzaron a verlo todo más negro. Y tener la cabeza en su sitio en estas situaciones debe ser de lo más importante. Sea como fuese siguieron adelante, con una ración de comida más a repartirse entre los cuatro que quedaban, por verle el lado positivo a la muerte del compañero. Pero iban con el tiempo justito y llegaban a los depósitos que habían dejado en el camino de ida con la comida y el combustible justitos. El mal tiempo les acompañó, un mal tiempo peor del que cabría esperar en esas fechas: viento y temperaturas inferiores a las medias, como se ha podido comprobar posteriormente. Su penuria seguía pero a medida que se leen las entradas de sus diarios uno se da cuenta de que cada vez tienen menos ánimo, las distancias que son capaces de arrastrar el trineo son inferiores y de que se les avecina el peor de los finales.

Expedición británica al Polo Sur

Y así fue: aunque todos comenzaban a pasar frío de verdad y a tener síntomas de congelación, Oates fue el primero en que estas congelaciones tuvieron consecuencias fatales. Uno de los pies se le hinchó tanto que no era capaz ni de calzarse sin tener que rajas las botas. Tras una noche en la que todos, incluido el mismo, esperaban su muerte, y un sorprendente despertar, no quiso frenar más a sus compañeros y se fue por su propia cuenta sin dar demasiadas pistas. Cuando lo encontraron ya había fallecido. Los tres que quedaban no pudieron moverse del sitio debido a una fuerte ventisca que duró más de una semana. Estaban a tan solo (¿solo?) 11 millas del siguiente depósito donde habrían encontrado comida y combustible en abundancia… pero ya no tenían fuerzas. Así que tras una penosa semana encerrados en la tienda de campaña muerieron naturalmente, sin tomar nada del opio o la morfina que llevaban con ellos, pues así lo decidieron. Carácter inglés…

La lectura de las últimas páginas son conmovedoras la verdad, aún a pesar de saber el final de antemano uno intenta darles ánimo para que continúen un poco más. Pero desde esta parte del libro no se puede hacer mucho.

Pues con esto cierro mi etapa de fríos, polos, antárticas, congelaciones, hielo y nieve. Y es que no sólo he leído este libro, sino que también he visto el documental Frozen Planet que es una verdadera maravilla: cuatro capítulos para cada una de las estaciones narrando la vida en los dos casquetes polares de la tierra. Totalmente recomendable.

Y para terminar, dejaré una valoración del libro por si a alguien le interesa. Son más de 900 páginas, lo que puede hacerse un poco cansado. Eso sí, por lo general las aventuras que se narran son increíbles. Quizá leer los diarios de tres personas que cuentan más o menos lo mismo, puede hacerse un poco repetitivo. Y una pega importante que he tenido es la ausencia de mapas: si que hay tres mapas en todo el libro, pero son escasos en relación con la cantidad de mención de sitios y coordenadas que hacen. Más mapas lo harían más entretenido, llevadero y se entendería todo un poco mejor. Yo comencé un mapa al empezar el libro, pero luego se me hizo imposible seguir actualizándolo. Resumiendo: ¿lo recomiendo? Si, pero dependiendo de a quién se le puede hacer pesado.

Y después de esto, me alejo del frío y me voy a los romanos: me dispongo a atacar “Yo, Claudio”, que lo tenía en lista de espera desde hace mucho.

 

 

 

Salir de casa a media mañana, coche y carretera, de la de dos carriles para cada lado. Gasolina que vuela por las nubes en el Rubio de Vélez. Más kilómetros y más kilómetros y el mar azul de frente: ya estoy llegando. Llego. Saludos con besos, garras y orines. El arroz caldoso sobre el plato y la suite royal preparada.

El trabajo en el bolsillo se viene conmigo, pero en el de atrás. Pausa con libro y cocacola al sol que aún estando en invierno pinta de primavera. Y entre tarea y tarea 500 fragmentos de impresionismo que se van ubicando para formar a La joven del collar amarillo.

Sesión de cine a diario, en pantalla grande siempre: unas con butacas y otras con sofás. Estrenos, dvds y bluerays. Tatcher de mandamás, Clooney con sus hijas, rubias pirómanas, funerales para mondarse, engaños y mentiras. Envidia de estantería de películas…

…Y de libros. Novela negra esta ocasión. Barcelona a día de hoy. Drogas, timos, extorsiones, infidelidades, engaños, locuras, chantajes y por supuesto tiros y sangre. Muy recomendable No llames a casa

Se echa de menos la máquina del estresado de  Mickey recogiendo huevos que ha sido sustituida por ordenadores, iPads, iPods, iTodo… Analógico y digital se funde por aquí. Una pantalla, un libro, radio, wifi, un cd, podcasts. Y tranquilidad y tiempo para dar uso a todos ellos.

Paso, pedaleo, volantazo. Playa, pinos, faro. Con Rizos y con Kika y sin ellos. Flores, plantas, ardillas y misteriosos terrones por el suelo. Preciosa montaña y días idóneos.

Y de comer, ¿qué tenemos? Lo que usted quiera: pollo o revuelto de champiñones, fideua o pescado rebozado, ensalada dulce o arroz caldoso, paella o sopa, fiambres o escalibada. Todo muy rico. ¿Y desayuno y merienda? Mucho té. Con trenza, tostadas o coca.

Y todo llega a su fin. Esta tarde saldré de casa. Coche y carretera, de la de dos carriles para cada lado. El mar, no tan azul, de atardecer, a mis espaldas: me voy alejando. Kilometros. Gasolina que seguirá por las mismas nubes donde la dejé. Más kilómetros. Llego. Un gran beso de saludo. Y el nido preparado.

谢谢你姑姑

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